Fatídica esperanza

—Por qué no giraste la llave… ¡Por qué!

—Por un momento pensé que la Humanidad merecía una segunda oportunidad. —Alzó la mirada y contempló la tierra devastada que se extendía hasta donde alcanzaba la vista—. Que Dios me perdone. Me equivoqué.

Ashirya (III). El Juicio

Ashirya permanece sola, sin más compañía que los vientos de tormenta en cientos de kilómetros a la redonda.

Y baila.

Su cuerpo menudo danza al compás de las turbulentas corrientes de aire que hacen restallar sus níveos cabellos como los nudos de un látigo esgrimido con violencia.

Alza los brazos con vestal majestuosidad hacia los cielos embravecidos, las delicadas manos juegan con las tormentas desatadas que, sin llegar a rozar su etérea figura, liberan su ácida carga sobre la tierra devastada.

Los pies desnudos flotan sobre remolinos de polvo, restos atomizados de un pasado que creyó considerarse civilización.

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