Alguien tiene que hacerlo

Un funesto sentimiento de aprensión acompañó al movimiento de la puerta al abrirse.

El día había despertado con aquel cielo plomizo que no presagiaba nada bueno. Macilento, el sol apenas se atisbaba tras el denso manto agrisado de las nubes, claudicando ante el frío empuje del inminente invierno.

Pronto llegarían las primeras nevadas. Y, con ellas, el terror.

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El pasajero

A fin de cuentas, debía sentirse orgulloso.

Había salvado la lanzadera y regresado a la base lunar a tiempo de informar del inminente peligro.

No en vano había recibido el reconocimiento público de sus iguales, además de convertirse en objeto de la recepción de una honrosa condecoración por la valía de sus acciones durante una emotiva ceremonia…

En todo esto soñaba, mientras con un aguijón clavado en el pecho, iba siendo lentamente deglutido por el inusitado pasajero de la nave.