Érase una vez

Os voy a contar la historia de cómo el hombre, enfrentado a la adversidad y volviéndose consciente de sus facultades, logró alcanzar la cima de su perfección.

De cómo, una vez superadas las taras puramente culturales, abrazó a sus semejantes, ignorados absurdos recelos como la raza, el sexo o la religión, hermanados por una causa superior en sí misma: el ser humano.

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Ashirya (III). El Juicio

Ashirya permanece sola, sin más compañía que los vientos de tormenta en cientos de kilómetros a la redonda.

Y baila.

Su cuerpo menudo danza al compás de las turbulentas corrientes de aire que hacen restallar sus níveos cabellos como los nudos de un látigo esgrimido con violencia.

Alza los brazos con vestal majestuosidad hacia los cielos embravecidos, las delicadas manos juegan con las tormentas desatadas que, sin llegar a rozar su etérea figura, liberan su ácida carga sobre la tierra devastada.

Los pies desnudos flotan sobre remolinos de polvo, restos atomizados de un pasado que creyó considerarse civilización.

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