Kyress (6)

-Es tan… extraño.

Trierne daba cortos y titubeantes paseos por la casa, tan torpe como un bebé en sus primeros pasos. Mientras, él no se había movido del colchón ni cambiado de postura.

-¿Me lo dices o me lo cuentas? Te recuerdo que soy yo la que está viendo cómo haces tropezar mi cuerpo por una habitación vacía.

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Kyress (5)

—Recuerda. Estate tranquila y relajada. Tienes que estar receptiva o de otro modo me cerrarás el acceso.

—Lo dices como si supiera lo que estoy haciendo.

Trierne permanecía sentada en el colchón, mientras él, a su espalda y con las manos sobre sus hombros, la iba guiando en el proceso.

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Kyress (4)

—¿Y para qué me iba a hacer falta?

—Nunca se sabe. Podrías encontrarte con cualquier cosa.

Llevaban toda la tarde hablando, a veces sentados en el colchón, en otras ocasiones aprovechando el espacio libre de la habitación para que él pudiera desarrollar sus demostraciones.

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Kyress (3)

—Muy… espacioso.

Tras un paseo desde el restaurante de comida turca, habían llegado a un complejo de apartamentos en una zona tranquila de la ciudad. El hombre había conducido a Trierne hasta la sexta planta del edificio y, una vez allí, la invitó a entrar. Quizá la joven debería haberse planteado lo poco oportuno de meterse en una casa a solas con un desconocido, pero ni se le pasó por la cabeza que pudiera estar en peligro.

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Kyress (2)

—¿Qué tal te fue?

Trierne interrumpió su conversación con el aquel joven acicalado con piercings en las cejas y gorra de beisbol, para desbocar toda su furia contra el dueño de aquella voz.

—¡Tú!

—Hola, Trierne —la saludó él, sonriendo.

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