Dial muerto

—¡Ja, ja! ¡Vaya cara! —se burló ella al entrar, sin necesidad de encender las luces—. ¿Qué estás viend…? ¡Pero qué es eso! ¡Quítalo! ¡Quita eso! ¡Apágala! ¡Pero por qué no la apagas…!

Él, sin poder apartar la mirada de la pantalla, respondió.

—Ya está apagada…

Fatídica esperanza

—Por qué no giraste la llave… ¡Por qué!

—Por un momento pensé que la Humanidad merecía una segunda oportunidad. —Alzó la mirada y contempló la tierra devastada que se extendía hasta donde alcanzaba la vista—. Que Dios me perdone. Me equivoqué.

El pasajero

A fin de cuentas, debía sentirse orgulloso.

Había salvado la lanzadera y regresado a la base lunar a tiempo de informar del inminente peligro.

No en vano había recibido el reconocimiento público de sus iguales, además de convertirse en objeto de la recepción de una honrosa condecoración por la valía de sus acciones durante una emotiva ceremonia…

En todo esto soñaba, mientras con un aguijón clavado en el pecho, iba siendo lentamente deglutido por el inusitado pasajero de la nave.

Propia pureza

Resultaba muy difícil encontrar a alguien tan generoso como él.

Tan generoso, sincero, fiel, leal, íntegro, honrado… En resumidas cuentas, era un dechado de virtudes.

Pero estas virtudes no las tenía de nacimiento, no.

Con gran esfuerzo había dedicado por entero su vida a purgar de sí mismo los defectos que veía en los demás, que tanto le afectaban.

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Invasión

Dijeron venir en son de paz.

Se presentaron como miembros de una reducida expedición de exploración, dedicada al descubrimiento de nuevas culturas y civilizaciones, con la única intención de compartir conocimientos y hacernos partícipes de los grandes logros que había alcanzado su especie.

Sentían curiosidad por nosotros, por nuestra raza. La Raza Humana.

Estúpidos.

Soy el capitán Mathias Zarke, a bordo de La Tempestad, una de las miles de naves construidas con la tecnología alienígena recientemente adquirida.

Volamos en formación. Nuestro destino: Ansraak, su planeta.

Comienza la invasión.