Las manos ociosas

Todos los días acudo sin falta a la estación de La Arboleda. Así lo llevo haciendo… ¿desde cuándo? ¿Quince años? No lo sé. Creo que desde la última vez que cambié de trabajo.

Allí, detenido como siempre, el tranvía me espera con sus puertas abiertas. Sorteo con cuidado los cuerpos apiñados que me rodean y entro en el vagón, atento a salvar el pequeño espacio que lo distancia del andén. No me gustaría dar un mal paso y romperme una pierna.

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Ceniza (0)

«Vamos. Un poco más».

Si sus últimos pasos habían servido para acercarlo a su objetivo, la visión que le ofrecían sus ojos sanguinolentos lo desmentían.

Los calambres de las piernas provocaban que sus rodillas flaquearan. El sudor lo envolvía como una pátina de desesperación. La mano se cerraba con crispación alrededor de la negra madera del arma. Se negaba a ceder su presa, a pesar del repulsivo tono oscuro del que se iba tiñendo a medida que el basáltico polvo que se desprendía del endiablado arco se filtraba a través de su piel y le helaba la sangre en las venas.

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