Muerte bajo las aguas

—Vamos, Binnie. Suéltalo. ¿Es él?

—Lo tenemos, jefe.

—¡Sí! —exclamó Tupler, apretando el puño.

Por fin una victoria. Estaba harto de andar dando palos de ciego tras todas aquellas desapariciones. Desde un principio entendió que no hallarían con vida a ninguna de las jóvenes, pero al menos debía evitar que desapareciesen más.

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Alguien tiene que hacerlo, de F. J. Sanz

Alguien tiene que hacerlo

Un funesto sentimiento de aprensión acompañó al movimiento de la puerta al abrirse.

El día había despertado con aquel cielo plomizo que no presagiaba nada bueno. Macilento, el sol apenas se atisbaba tras el denso manto agrisado de las nubes, claudicando ante el frío empuje del inminente invierno.

Pronto llegarían las primeras nevadas. Y, con ellas, el terror.

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Un Día de muerte

—Y que no se te olvide coger la miel, ¿de acuerdo?

Julia le miraba con aquella desesperada intensidad que se apoderaba de sus ojos cada vez que salían en busca de víveres. Álex, por su parte, tendía a agazaparse y rehuir la mirada, asustado ante la posibilidad de ser descubiertos en cualquier momento.

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Quien vale soy yo, de José Losada

Si alguien es capaz de aliviar la intranquilidad que me mueve como si estuviera expuesto a un sinfín de cables de corriente eléctrica que me elevan y me sueltan infinidad de veces sin remedio conocido, que me ayude, se lo suplico; que haga el favor de reducir mis fuerzas mortíferas para que yo, un pobre inculto de la vida, aun siendo clave para esta, se centre y no culmine con inconsciencia lo que puede remediarse de forma humana…

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Dial muerto

—¡Ja, ja! ¡Vaya cara! —se burló ella al entrar, sin necesidad de encender las luces—. ¿Qué estás viend…? ¡Pero qué es eso! ¡Quítalo! ¡Quita eso! ¡Apágala! ¡Pero por qué no la apagas…!

Él, sin poder apartar la mirada de la pantalla, respondió.

—Ya está apagada…