A través del ciberespejo

A través del ciberespejo
4.5 (90%) 2 votos

Advertencia. Algunas de las escenas descritas en este relato pueden herir la sensibilidad del lector.

 

Así es, Mike. Utiliza una conexión de banda ancha independiente de tu propia red totalmente gratis, incluida en la suscripción al producto, por lo que no tendrás que preocuparte más de superar el límite de datos de tu proveedor habitual. Además, con la suscripción anual tendrás acceso a todas las novedades que ofrece diariamente Red Phase Ent™, que incluye las actualizaciones que mejorarán tu experiencia personal en la realidad aumentada, acceso a nuevas salas y entornos de diversión virtuales, así como la participación a eventos privados organizados por las principales empresas del sector, donde podrás codearte con todos los VIPs del momento. Y no podemos olvidar que el traje sináptico está asegurado a todo riesgo y dispone de un servicio de soporte técnico 24 horas al día, los 365 días del año, al que podrás acceder por teléfono ¡o en persona!, tras realizar una inmersión a sus oficinas virtuales Y, por supuesto, hablemos de la limpieza.

Todos sabemos, Mike —guiña el ojo a su compañero— que a veces cuando disfrutamos de toda la potencia que nos ofrece el traje y establecemos relaciones interpersonales, ocurren accidentes. ¡Nada de lo que preocuparse! ¡El tejido único de máxima evolución con el que está fabricado el traje de Red Phase Ent™ permite que, con un sencillo trapo húmedo o un simple cepillito, puedas borrar las pruebas de tu última conquista! Porque el traje sináptico de Red Phase Ent™ nos ofrece todas las ventajas del mundo real. ¡Sin ninguno de sus inconvenientes! Porque para Red Phase Ent™ tu seguridad es lo primero. Sea una caricia, un apretón de manos o tu noche más loca de sexo y desenfreno, está garantizada la máxima sensibilidad, sin superar nunca los umbrales definidos por el usuario. Por este motivo Red Phase Ent™ presta especial atención a la instalación previa y al posterior acondicionamiento del cliente al traje, calibrado por los numerosos tests iniciales. Además, no hay el mismo número de receptores por cm² en el tejido de la espalda que en otras zonas, como en…

—Corta ya esa mierda y sigamos con lo nuestro.

Con un gruñido de fastidio, el detective Myers pulsa el botón de apagado de la consola. De inmediato el sonriente vendedor desaparece de la pantalla y ésta se funde en negro.

—Caso 734.11/496I: Denuncia de violación virtual. Estado: archivado. Desestimado por improcedente.

—¿Ése no es el caso de la mujer que juraba haber sido forzada a través de la Red?

—Ése mismo. Mary Isabel Chamberts. Se desestimó de facto y ni siquiera llegó a audiencia previa.

—Qué locura. Llegar a creer que pueden hacerte físicamente daño por medio de una conexión neural. Ni que decir ya una violación con agresión.

—Sí. Se recurrió a los servicios del loquero adscrito al departamento. Un tal Segan.

—Conozco al tipo. Bajito, calvo y con gafas. Y estirado como él solo. Cuando has visto a uno de ellos, los has visto todos.

—Hum… sí.

—¿Figura su informe entre los archivos del caso?

—Lo esperado. Un caso de esquizofrenia de manual. Delirios, alucinaciones, complejos, baja autoestima… Un exceso de inmersión en la Red para compensar una carencia de vida social…

—Lo típico. Otra friky

 

En la Red >>

Esta noche me cobraré mi premio.

Mírala. Ha pagado por todo el pack reina de la fiesta. No le falta ningún detalle, desde los reflejos en el pelo hasta el brillo extra en las pupilas. Y aunque la suscripción anual te facilita el acceso a sitios snobs como éste, no te enseña cómo moverte, ni mucho menos cómo interactuar con esta panda de gilipollas.

Sí, ya se ha dado cuenta de que la miro, de que no la pierdo de vista. Rehúye la mirada, pero sólo al principio. Sí, comienza a creérselo, que por fin alguien se ha fijado en ella y eso le da algo de confianza. No tanta como para acercarse e iniciar una conversación, pero sí para no cerrar puertas a que sea yo quien lo haga.

Un asalto directo la intimidaría, así que opto por iniciar una charla intrascendente. Hablo de la fiesta, del local y de si ha advertido que ha venido tal o cual famosillo. Ella, encantada de poder sentirse una más, entra al trapo. Sonríe hasta los límites de la programación y saca a relucir esos dientes imposiblemente blancos.

Voy cambiando sutilmente de tema y empiezo a ensalzar el corte de su vestido, lo atrevido de su peinado, en cómo la gargantilla resalta el color de sus ojos. Para cuando entro en lo personal, en su sonrisa, en lo mucho que me atraen unas manos tan esbeltas como las suyas, de piel tan tersa y suave, ya con una atrapada entre las mías, mientras la acaricio con la yema de los dedos, ella ya se ha olvidado de que todo es mentira, irreal. Se ha olvidado de que en realidad está sentada frente al puerto de conexión, rodeada de todo cuanto envuelve a su miserable y aburrida existencia.

Pero aquí, en la Red, ella irradia felicidad.

Y es mía.

Como quien arroja el sedal de su caña a la inmensidad del mar, entre tímido y algo ansioso, dejo escapar un comentario picante. Ella no tantea el cebo. Lo muerde. Vaya si lo muerde, se traga el anzuelo hasta el fondo. A partir de aquí es absurdamente sencillo calentar la conversación y adoptar el papel de ratón. Para que ella, muy gata, crea estar controlando el ritmo de cómo se están desarrollando los acontecimientos.

Dejo que sea ella quien lance el ofrecimiento y yo, deseoso, asiento. Y sí, lo estoy, mucho, pero tengo mis propios motivos. A cambio, sugiero yo el sitio. Y ella acepta. Lo acepta todo: la compañía, el lugar, la bebida y la cookie que cuelo en su sistema sin que ella se dé cuenta.

Para cuando comienza la acción, primero tanteo un poco, algunos besos, torpes caricias. Pero pronto me dejo de sutilezas y de un brusco empujón la estampo contra el aparador. Ella, más sorprendida que asustada, no acierta a reaccionar. Me observa con esos ojos imposiblemente brillantes, en busca de comprensión. No se la concedo y me echo encima. Trata de defenderse, torpemente, interponiendo sus manos, como lo haría en la realidad, pero se las aparto y hundo un puño en su estómago. Se dobla en dos, tratando de respirar, gimotea y grita entonces: ¡Karma 2! ¡Karma 2!

No puedo evitar soltar una carcajada al escuchar su ridícula palabra de control.

Pero nada cambia. No sale del sistema. Sigue conectada y la interfaz no funciona, no responde y no le permite escapar a la realidad. Ésta es mi parte favorita, cuando veo en sus rostros cómo el asombro se convierte en terrible desesperación. El castillo de naipes se desploma. La sensación de falsa seguridad se desvanece y sólo queda la cruda verdad.

Mi verdad.

Sonrío cruel, excitado al saberla atrapada, a mi merced. Me gustaría disfrutarlo con calma, despacio, y saborear cada instante. Pero no puedo. Es algo que tira demasiado fuerte de mí. Arremeto salvaje contra ella. La golpeo, una, dos, tres veces. Le estrello la cabeza contra la pared y es entonces cuando virtualmente le rasgo el vestido y le arranco esas bonitas y delicadas bragas de encaje de un violento tirón, para penetrarla con inmisericorde brutalidad.

Termino, satisfecho. Me he cobrado mi premio y ya nada me retiene aquí. Desconecto, y pronto me olvido del desmadejado cuerpo binario que yace tirado en el suelo de aquella habitación virtual.

 

En un solitario apartamento, aún conectada al sistema, una joven convulsa solloza herida, incapaz de escapar de la pesadilla virtual en la que está inmersa.

 

En la realidad >>

—Aunque… al final, hay una nota. En realidad, dos. Dos enlaces, que apuntan a otros dos casos.

—Pues echémosles un vistazo. Después de todo, no tenemos mucho más que hacer hasta las siete.

—Está bien… Vaya, vaya. No te lo vas a creer.

—¿El qué? ¿Qué pasa?

—Caso 721.64/118I: Denuncia por intento de violación en la Red.

—¿Otro?

—Espera, espera. Esto no tiene desperdicio. El tipo

—¿El tipo? Vamos, no me jodas.

El tipo, un tal Max Gardot, en su denuncia asegura que el agresor no sólo llegó a golpearle hasta casi matarle, sino que, y leo textualmente: tras romperme la ropa y arrancarme las bragas, quiso clavármela.

—A ver, deja que me aclare. ¿Es un travesti?

—Es un tío que en la Red adopta una identidad femenina. Y, por lo visto, el tal Max no contento con esto, modificó el traje para hum… acomodarlo a su disfrute.

—Vale, no hace falta que entres en detalles. ¿Y también dice haber recibido agresiones físicas?

—Tal y como te acabo de leer.

—Joder, si la de antes era friky, éste se lleva la palma. Y eso de que además se lo intentaron follar…

—La denuncia en sí misma es un completo galimatías, pero me parece entender que el hecho de que Max fuera víctima de una tentativa de violación, de la misma manera en que la sufriría una mujer, provocó un colapso del sistema que le permitió escapar. Desconectar, vamos. Al menos ésa es su versión.

—Te ahorraré el trauma de abrir el documento de las conclusiones del loquero.

—Gracias.

—¿Y el otro expediente?

—Cierto, la otra denuncia. Caso 731.17/351I: Denuncia por presunta agresión sexual.

—¡Aleluya! Parece que regresamos a terreno firme.

—No te apresures: el caso fue desestimado y archivado debido a que la víctima, Chloe de Sousa, no pudo presentar prueba ni análisis alguno que diera credibilidad a la denuncia, al haberse producido los presuntos hechos causantes en el ámbito virtual de la Red

 

En la Red >>

Presiento que esta noche será propicia.

Aún me asquea lo que sucedió la última vez. Y pensar que no me di cuenta, que aquella aberración llegara a engañarme, hasta el punto de… Sólo recordarlo y me entran náuseas. Aunque lo que más lamento es que se me escapara, que consiguiera desconectar antes de que pudiera darle su merecido.

Red Phase Ent™ debería tomar medidas. Porque su bonita realidad virtual se está convirtiendo en un refugio de degenerados.

Me he concedido tiempo. Tiempo para purificarme, para sentirme de nuevo preparado para emprender mi labor. Y será hoy cuando me redima y regrese al buen camino.

Lo tengo decidido.

Y será con ella.

Definitivamente me encanta. Basta con observar cómo se desenvuelve para darse cuenta de que es auténtica, que apenas esconde su realidad. Me apostaría lo que fuera a que su perfil digital, el que estoy contemplando ahora mismo, apenas difiere de su verdadero aspecto. De rasgos latinos, la piel dorada y un cabello que de tan oscuro parece brillar. Quizá el agresivo corte de pelo sea la única licencia que se ha tomado. O quizá no. Su personalidad es tan fuerte que bien podría atreverse a lucirlo en el exterior, lo mismo que sus estrafalarias ropas.

Sí, la quiero.

Desconecto un momento y permanezco en el intermundos mientras decido qué perfil de mi amplia colección particular me resultará más útil para acercarme a ella. Éste, sin duda, obrará el milagro.

Conecto de nuevo, a una manzana de distancia del local, y aprovecho el paseo virtual para practicar mi nueva identidad. Para cuando llego y la localizo, podría relatar todas y cada una de las experiencias de mis supuestos veintidós años de vida. He modulado la entonación y cambiado mi registro verbal. Disponer de una pequeña lista de expresiones vulgares y coloquialismos callejeros en pantalla no me hará ningún mal.

Es aproximarme a ella y noto su estímulo, su modo de inspirarme, logrando que saque a escena lo mejor de mi repertorio. Logra hacerme sentir tan cómodo que por un instante se me olvida por qué estoy allí. Un instante delicioso, aunque fugaz.

No necesito fingir timidez. Ella se muestra receptiva, le gusta lo que ve, y no duda en tomar la iniciativa. Pronto se convierte en una competición, una encarnizada lucha dialéctica en la que participan tanto los gestos como la intensidad de las miradas. Empate. No hay vencedor ni vencido: sólo dos contendientes dispuestos a luchar hasta el final que, poco dispuestos a dar su brazo a torcer, deciden cambiar el campo de batalla.

Y las reglas de combate.

Ni la calidez del hogar virtual ni una placentera habitación de hotel. En un solitario y anónimo callejón se desata la contienda, tan ávida que comienzo a perder el control de la situación. No me gusta que sea así. En absoluto me agrada verme yo arrinconado contra la pared, mientras ella pugna por devorar mi lengua e interna una mano bajo mis pantalones. Y le voy a poner solución de inmediato.

Pongo la cookie en la punta de mi lengua y permito que en su ardor sea ella misma quien la reclame y se la trague. Lo curioso es que nota algo. Se detiene para mirarme. Resulta adorable contemplar cómo esos ojillos castaños se entrecierran con suspicacia. También cómo, después, se abren enormes tras sentir con rotundidad el impacto de mi puño en su vientre. A éste le sigue otro en plena cara, que la derriba en el imposiblemente limpio suelo del callejón. No hay sangre, al menos no en el mundo virtual, por lo que no me preocupa que mis sucesivas patadas afeen su bonito rostro. Sí, las ventajas de la Red. Consigo refrenarme, pues no quiero que pierda el sentido. La quiero bien despierta, mascullando la que parece su palabra de control, Portobello, una y otra vez, sin resultado alguno, mientras a base de rudos tirones consigo arrancarle los vaqueros. La sencillez de sus bragas blancas, 100% algodón digital, en contraste con su piel morena, no sólo no me defraudan, sino que logran excitarme hasta límites inesperados. No dudo en arrancárselas también. ¿Acaso no me están privando de alcanzar mi recompensa?

Y ahí está, aguardando mi llegada.

No pienso hacerla esperar.

 

En un pequeño apartamento, todavía conectada a la red neural, Chloe yace aovillada en la litera de su habitación, sobre unas sábanas manchadas de sangre.

Pasado un largo rato, tan eterno como infame, encuentra al fin refugio en la inconsciencia.

 

En la realidad >>

—¿Cómo lo etiquetamos? ¿Histeria colectiva? ¿Una maniobra para sacarle a Red Phase Ent™ una sustanciosa indemnización?

—Max sí trató de levantar algo de revuelo, pero sus disparates no tuvieron repercusión en los medios ni recibieron el apoyo de la prensa. Ni Mary ni Chloe airearon su caso.

—Chicas listas. Locas, pero listas.

—Según Segan, Mary terminó rechazando los hechos como producto de su imaginación y regresó a su aburrida y solitaria vida. Hum…

—¿Hum? ¿Qué pasó con la otra? ¿Y Chloe?

—Segan propuso varios tratamientos. Probó con varios cócteles de pastillas, pero la chica mantuvo en todo momento su versión de la historia. También hubo un intento de regresión que resultó desastroso. Chloe acabó gritando y forcejeando enloquecida en la silla y hubo que recurrir al servicio de seguridad del edificio para someterla.

—Vaya fiera.

—Visto lo visto, Segan en sus conclusiones señala que Chloe, en su particular visión de la realidad, creía firmemente haber sufrido dicha agresión, por imposible que fuera.

—Como los que dicen haber sido abducidos por extraterrestres.

—Algo así…

 

En la Red >>

Esta noche tendré suerte. Lo sé, no me cabe la menor duda.

Mira por dónde, es ella la que se ofrece, quien decide hacer el trabajo sucio y ponerme las cosas fáciles. Yo, en mi papel, me resisto un poco, me hago el interesante. Pero tanto ella como yo sabemos cómo terminará esto.

Mentira. En realidad, sólo lo sabe uno de los dos.

Me conduce a su casa, en el piso de arriba. Perfecto. El estruendoso volumen al que está la música de la discoteca nos concederá la intimidad que precisamos.

En cuanto tengo ocasión le cuelo la cookie y espero el microsegundo que tarda en hacer efecto. Vaya, ha tardado un poco más de la cuenta. En cuanto acabe con ella lanzaré un chequeo completo del sistema. Un artesano nunca debe descuidar el estado de sus herramientas.

Pero eso será después. Ahora, toca dar rienda suelta a la diversión.

A la que se gira un poco, la empujo con la intención de hacerla chocar contra la puerta entreabierta. Pero qué demonios… No sólo no ha llegado a golpearse con ella, ¡sino que me ha devuelto el empujón! Sonríe, puta, ya verás lo que te espera.

Rabioso, me abalanzo sobre ella, sólo para ser repelido de nuevo. Choco de espaldas contra la pared y exhalo un gruñido tras haberme clavado el borde de una estantería en la espalda. Joder, me ha dolido. Eso me ha dolido, zorra. Pero… un momento. No puede doler. ¡A no me puede doler! ¿Qué coño le pasa a la interfaz? ¿Por qué no responde? Joder, joder, joder… Aquí está pasando algo raro. Y, espera. ¿Qué está haciendo ella? ¡¿Cómo cojones se ha sacado un bate de beisbol del bolsillo del pantalón?! ¡Para, puta! ¡Deja de golpearme! ¡Duele, joder! ¡Duele mucho! ¿Pero por qué no responde la interfaz? ¡Geon Chad! ¡Geon Chad! ¡Coño, sácame de aquí! ¡Desconéctate de una maldita vez! ¡Arrgh!

¿Ya? ¿Se han acabado ya los golpes? Tiras el bate, eso está bien. Jodidamente bien. Dame tiempo, sólo necesito un poco de tiempo para reconfigurar la interfaz. Entonces ya verás. Espero que te lo hayas pasado bien, porque de la que te espera, ya no lo cuentas.

¿Has cambiado de perfil, en vivo, sin desconectar? ¡Eso no se puede hacer! ¿Y qué coño me quieres decir con que si te reconozco? ¿Si te reconozco de qué? ¡Otra puta chicana más! Aunque… no, no. La del callejón. ¡Tú eres la del callejón! ¿Así que eso es todo? ¿Una venganza? ¿Te estás tomando tu revancha por lo que pasó? No más de lo que te merecías, tú y todas las zorras de tu clase. Sí, venga, acércate. Sin el bate no eres nadie. Pero… ¿qué les pasa a tus manos? ¿Por qué me abrazas? ¡Aaargh, mi espalda!

Me suelta durante un instante y aprovecho la oportunidad para correr hacia la puerta. Siento un fuego terrible quemándome la espalda. Sólo tengo que escapar, salir de aquí. Desconectar. ¿Y la puerta? ¿Dónde cojones está la puerta? ¡Estaba aquí! ¡Hace un momento estaba aquí, joder!

Me giro y advierto que ha recuperado el bate. Y lo sostiene con esas horribles manos convertidas en garras. Pero no es el bate de antes. Éste cada vez es más fino y parece… es como si… le saliesen espinas… ¿Y por qué sonríe? ¿Por qué sonríe así? No, no es posible. Demasiado grande, demasiados dientes, demasiado grandes… Y la lengua que asoma entre ellos, horriblemente larga, y bifurcada, como las de las serpientes… ¡Deja ya de sonreír, monstruo! ¡Apártate de mí! ¡Suéltame! ¿Qué pretendes hacer con esa cosa! ¡No, por ahí no! ¡No me la metas por ahí! ¡No! ¡NO!

Me está matando. La agonía es extrema. Me está destrozando por dentro y por fuera. No puedo más. No puedo soportarlo más… Pero miro, no sé por qué. Pero alzo la mirada y veo cómo su boca sonriente, imposiblemente grande, poblada de infinidad de colmillos tan afilados como cuchillos, se abre en torno a mi cabeza. Me rodea. Estoy dentro de ella. Y, como un cepo cargado y en tensión, el resorte salta…

 

En un solitario apartamento, el cuerpo de un joven se convulsiona, poco antes de caer en coma.

En otro, una joven se arranca las conexiones que la unían a la Red, consciente de que el precio pagado, el que nunca terminará de pagar, bien lo ha merecido.

Y que nunca jamás volverá a conectarse.

 

En la realidad >>

—Sin embargo, alguno de los tratamientos funcionó. Según Segan, un buen día algo hizo clic en el cerebro de Chloe y poco fue recuperando la normalidad.

—¿Aceptó que todo había sido cosa de su imaginación?

—Se retractó de todo. Como si se hubiese librado de una pesada carga, quiso dejar atrás el asunto, como si no hubiera sido más que un mal sueño. Y pidió el alta voluntaria.

—¡Bien por ella! Escarbar en esas mierdas del cerebro nunca conducen a nada bueno.

—Si tú lo dices… Y aquí se acaban los casos raros.

—Qué lástima, estaba de lo más entretenido y todavía son sólo las seis y cuarto…

—Déjate de chorradas y sigamos. Caso 432.234/943m: Joven encontrado muerto en su domicilio. Los forenses dictaminaron muerte por derrame cerebral. Que encontrasen el cadáver todavía conectado a la Red les facilitó la tarea. Fueron los vecinos quienes denunciaron el hecho, a causa del mal olor que provenía del apartamento…

Y bien, ¿qué opinas?