Trueque de sangre

Trueque de sangre
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Me llamo Jinsel, y soy un oportunista.

Ahora mismo estoy a punto de arreglar un asunto de lo más conveniente para mis negocios.

A ver, comprobemos todo antes de salir. Ella aún está sin sentido. Bien. Tiene las manos y los pies bien atados a los postes de la cama. Tiraré un poco… Sí, no se soltará. Y la mordaza. Porque no queremos que nadie pueda escucharte gritar y nos arruine la diversión, ¿verdad, encanto? Y el colgante, ese precioso colgante que tanto me gusta en su sitio, alrededor de tu lindo cuello.

Sí, todo correcto.

Si hay suerte y todo marcha bien, es posible que para cuando volvamos a vernos sigas viva. De no ser así, bueno, no te imaginas cuánto habré agradecido tu desinteresada colaboración. La última duró casi una semana, toda una hazaña. Pero mejor tu cuello que el mío, encanto.

Es tarde, no estaría bien hacer esperar a mi cita de esta noche. Y tú espérame aquí, ¿de acuerdo? ¡Ja!

La gente no se hace una idea de lo peligroso que puede llegar a ser desenvolverse en mi oficio. No se muere de viejo, te lo aseguro. O quizá sí, porque por muy bueno que seas los años no perdonan, te vuelven más lento, descuidado, y te hacen cometer errores. Y entonces, ¡pum! Se acabó. Estás muerto. Pero claro, también los hay que no pasan de su primer trabajillo.

Yo sí lo superé. El primero, el segundo, el tercero… Pero fui listo, nunca mordí más que lo que podía tragar. Y… bueno, supongo que tuve suerte. Suerte de haber encontrado mi talismán.

Porque nunca he dicho que sea realmente bueno. En mi oficio los hay mucho mejores que yo. Más hábiles, más listos, con mejores contactos o compañeros. No es mi caso. Considero que tan sólo soy uno más, y encima me gusta trabajar solo. Entonces, ¿por qué sigo vivo? Porque errores he cometido muchos y seguiré cometiéndolos, seguro. Pero mientras sea cuidadoso y no me confíe demasiado, no debería tener nada de lo que preocuparme.

Tengo demasiado aprecio a mi pellejo y pienso conservarlo vivo durante el máximo tiempo que pueda.

 

Seguro que Kualar ya me estará esperando, con el sucio perro faldero de Miuls a su lado y la zorra de Nyan culebreando cerca. De no contar a Kualar, esa puerca venenosa y huesuda sería la más peligrosa de los otros dos. El malnacido de Miuls puede convertirse en un enorme problema si te lo encuentras de cara en un estrecho callejón o dejas que te acorrale. Pero con su limitada capacidad estratégica basada en la idea de ¡matar, matar, matar!, no resultaría muy difícil desembarazarse de él con un poquito de sangre fría.

Pero Kualar es otro tema.

Ese hijo de perra es peligroso hasta cuando está de buen humor. Sólo tienes que meter la pata en algo que digas y ¡pum! Se acabó el preocuparte por lo que comerás mañana. A no ser que la duda consista en por cuál de tus dos bocas, la vieja y la nueva, meter la comida.

Pero todo debería marchar bien. Hice el trabajo, además, sin levantar demasiado revuelo. Un par de milicianos muertos, el objetivo eliminado y, bueno, también aquella vieja que apareció de repente. ¿Pero qué diablos hacía esa loca a oscuras entre la basura? Ella se lo buscó, por estar husmeando por ahí como una rata hambrienta. No estoy dispuesto a andar dejando por ahí testigos que me hayan visto la cara.

Tampoco pienso decirle a Kualar que el muy bastardo del alcalde llevaba encima una fortuna en monedas de oro y plata. Ésas para mí, como pago por las inconveniencias sufridas. Además, me van a venir de perlas para abandonar esta asquerosa cloaca que llaman ciudad y buscarme un nuevo punto de partida. Tantos robos y asesinatos en la zona están comenzando a llamar una atención inoportuna.

Uhm… Qué poco me gusta caminar por estas sombrías callejuelas. Parece como si de cada arcada fuera a salir algún pordiosero dispuesto a clavarte un cuchillo para robarte las pocas monedas que lleves encima. Aunque, bien visto, seguramente así es, pero esos imbéciles conocen lo suficiente mi reputación como para pensárselo dos veces. A nadie le apetece morir.

Y hablando de morir… Ahí la tenemos, la guarida de Kualar.

Desde fuera, nadie diría que tras aquella mugrienta puerta se esconde una de las mayores riquezas conseguidas mediante el robo, la extorsión y el asesinato. El problema es que allí dentro también aguarda el malnacido que los planeó y ejecutó todos.

Bien, ahora con calma. Desde el piso de arriba, a través de las polvorientas y desvencijadas contraventanas, seguro que habrán advertido mi llegada. Ya saben que Jinsel ha vuelto. De todas formas no creo que haya muchos más idiotas dispuestos a pasear por aquí a estas horas de la noche. Sólo yo. Y si no fuera por mi secretito, ni a mí se me ocurriría venir a un sitio como éste. Bueno, vamos allá.

Despacio, muevo la dichosa palanca, un poquito más, hasta escuchar el esperado chasquido… ¡Ahí está! Ahora ya se puede abrir la puerta. Adentro.

¿Por qué está esto siempre tan condenadamente oscuro? ¡No soy capaz de ver más allá de mis narices! Supongo que eso es precisamente lo que pretenden, que dé la apariencia de estar abandonado. Y todo este polvo y telarañas logran el efecto a las mil maravillas. ¡Qué asco! Mira que no me ando con remilgos, pero esto… ¿Pero qué se puede esperar de la guarida de un semiraigan? Gentuza del demonio… Qué ganas tengo de dar por terminado este trabajito, dios…

Y ahora las dichosas escaleras. Sería de lo más triste encontrar a la vuelta a mi amiguita con la crisma rota por culpa de un resbalón. Aunque tampoco sería la primera vez que pasara, ¡ja! Pero no, debo ser cuidadoso, cada oportunidad es única y sería una estupidez andar desperdiciándolas así como así. Nunca se sabe cuándo me podría hacer falta una víctima…

El sótano. Qué poco me gusta estar bajo tierra. Ya lo estaré cuando me toque, pero mientras me sentiré mucho más feliz en la superficie, con el cielo sobre mi cabeza. El maldito corredor… y si no recuerdo mal, la primera puerta de la izquierda está cerrada, la del fondo es una trampa y por aquí por la derecha había… ¡Sí! El resorte para abrir el auténtico acceso a la madriguera de Kualar. Apretamos un poco y… la puerta se abre.

Y por lo que parece, me estaban esperando.

—Vamos, camina.

—Está bien, chicos, pero despacio, no me querréis arrugar el traje, ¿verdad?

—¡Estúpido patán! ¡Muévete! El jefe espera.

Atajo de animales, a saber de qué cueva habrá sacado Kualar a estos energúmenos. Lo mismo son familiares suyos, tan bastardos como él mismo.

Vaya, ahí le tenemos, recostado en su cómodo diván, con la zorra de Nyan lamiéndole las botas y el feo engendro de Miuls como siempre a sus espaldas. Muérdete la lengua, Jinsel, esta vez con diplomacia.

—Tienes buen aspecto, Kualar —así, con la mejor de mis sonrisas—. Se ve que te cuidan bien.

—Déjate de palabrería, al grano.

Vale, no está de humor. Con cuidado, Jinsel, con cuidado…

—Está bien. El objetivo está muerto, sin líos ni complicaciones. Un par de guardaespaldas que me salieron al paso y poco más.

—Demuéstralo.

Con esto le bastará.

—Toma.

¿Debería habérselo ofrecido en la mano en lugar de tirárselo? Tampoco es que sea torpe, el lanzamiento ha sido bueno y lo ha cogido al vuelo…

—Su anillo. Lo reconocería en cualquier parte. Nunca se separaba de él.

—Ajá.

Bien, a salvo. Mantengamos la calma.

—¿Algo más que deba saber, Jinsel?

—¿Saber? No…

¿Estará al tanto de lo del dinero? ¿Me estará poniendo a prueba? Aunque así fuera, el trato era para matarle, nada de robarle. Lo de vaciarle los bolsillos al inútil del alcalde fue iniciativa mía.

—¿Estás seguro? No me gusta que me engañen…

¡Maldita sea!

—Claro que estoy seguro, el tipo está muerto. Nadie se metió. Asunto resuelto.

Odio que se me quede mirando así, en silencio. Me dan miedo esos ojos… ¿Y tú por qué sonríes, bruja? Si te pillase a solas te iba a enseñar un par de cosas. Lo que daría porque fueras tú la próxima que luciera mi collar. Lo bien que lo íbamos a pasar, tú y yo.

—Asunto resuelto. ¿Algo más, Jinsel?

Hijo de perra, era un farol. Sólo me estaba poniendo a prueba. Pero esto no termina aquí, ahora queda lo más difícil.

—Sí, una cosa más. Mi recompensa. Págame lo que convenimos y me largaré.

—¿Ves, querido? Sólo le interesa su oro.

Zorra del demonio, ¿por qué no te callas?

—Eso parece, Nyan. No aprecia nuestra labor.

Malditos bastardos…

—La cifra que acordamos fue cien monedas, ¿no? —vamos, rápido, pagadme ya, quiero irme.

—¿Fue eso lo que hablamos? Tengo mala memoria. Tú, Miuls, ¿recuerdas algo?

—No recuerdo nada de eso, jefe. Creo que se lo está inventando.

¡Se abra la tierra y te trague!

—Kualar, hicimos un trato. Me encargaba del alcalde y…

—Estás agotando mi paciencia, Jinsel. Yo en tu lugar me largaría de aquí. Ya.

¿Qué?

—Buen viaje, Jinsel.

¿Cómo?

—Vamos a dar un paseo, imbécil.

¡No!

—¡Soltadme! ¡Me marcharé ahora mismo!

¡Esto no puede estar pasando! Me han pillado desprevenido, debí estar más atento. Estos malnacidos me tienen bien cogido, con los brazos a la espalda poco puedo hacer para resistirme. Me están llevando fuera, arriba. Mira cómo sonríe el bastardo de Miuls. Ya se está relamiendo con lo que me hará.

—¡Dejadme en paz!

—Vamos a dejarte en paz, palurdo. Absolutamente en paz. ¿A que sí, chicos?

Se ríen. Malditos chacales. Están disfrutando con esto. Creo que me he convertido en su distracción por esta noche. Y no parece que sean de los que cuidan de sus juguetes. Oh, dios, estamos llegando al callejón. La que me espera.

—¡De rodillas!

No. Si me arrodillo seré presa fácil de sus golpes.

¡Buff! Ese puñetazo en el estómago me ha dejado sin aire, me cuesta respirar. Otro en la espalda, en la nuca también. Duelen. Duelen mucho. Después de esa última tanda de puñetazos mis piernas apenas me sostienen, tiemblan como las de un viejo en su última hora.

—¡He dicho que de rodillas!

Sí, de rodillas. Tras esas patadas en las corvas me tiene donde quería, a sus pies, mendigando por conservar la vida. Al menos eso se cree él. No sabe cuán equivocado está. Pero por todos los demonios, ¡duele! Si tan sólo me concediesen un respiro, una oportunidad entre golpe y golpe para levantarme y salir corriendo…

—Encajas bien para ser tan esmirriado. ¡Más diversión para nosotros!

Sí, se lo están pasando en grande. Ese rodillazo seguro que me habría saltado varios dientes o me habría roto la mandíbula. ¡Pero duele como si lo hubiese hecho! ¡Dios! Se me está yendo la cabeza. No puedo desmayarme, si lo hago estaré perdido. Debo aguantar, debo aguantar…

—¡Miuls! ¿Escuchaste eso?

—¿Qué?

—No sé, me pareció oír algo por ahí, en la esquina.

¿Se han detenido? ¿Ya no me golpean? ¿De qué están hablando? Tiempo, necesito tiempo…

—Ya estás con tus tonterías, Gylam.

—No, Miuls, a mí también me pareció oírlo. Una tos, o algo parecido.

—¿No nos estarán vigilando? ¿Y si es una trampa? ¡La milicia!

¡Sí, la milicia! Nunca pensé que me sentiría tan feliz porque aparecieran esos bebedores de orín de caballo. ¡Por favor, venid ya! No lo resistiré más…

—¡Bah! ¡Cobardes! De todas formas… Acabad con éste y nos largaremos. Ya me he cansado de él.

¿Acabar? ¿Qué vais a hacerme? ¡Bastardos!

—Me toca, Vunk.

—¿Con el cuchillo?

—Con el cuchillo.

—Pero esta vez no falles, ¿eh? ¡Ja, ja!

Odio esa risa, no presagia nada bueno. Unos segundos más y tendré fuerzas para escapar…

—Mira y aprende, Gylam. Mira y aprende…

 

¿Hola? ¿Sigo vivo? Si me duele tanto debo estarlo, aunque ahora mismo desease que no fuera así. ¡Mi cabeza! ¡Qué náuseas! Tengo el estómago a punto de salírseme por la boca. Ese miserable me clavó un cuchillo en la nuca, en la base del cuello, como un matarife a una vulgar res en el matadero. Creo que el espasmo fue tan brutal que perdí el sentido. ¿Qué es esto? ¿Sangre? La boca me sabe a sangre. Tengo los labios manchados. Creo que me mordí la lengua, suerte tengo de no habérmela cortado y haberme ahogado con ella. Esta vez nada me hubiera salvado de morir. Mejor será que me levante y me marche cuanto antes de aquí… si es que consigo mantenerme en pie.

Estoy vivo, ¿no? ¿Qué más puedo pedir? Además el canalla de Kualar me cree muerto. ¡Tanto mejor! Sólo queda un cabo por atar antes de poder largarme de esta inmunda ciudad. Y en un momento dejaré resuelto ese problema.

Sí, todavía no he abierto la puerta y ya soy capaz de oler la sangre desde aquí. No creo que vaya a ser un espectáculo bonito de contemplar.

En efecto. Mira la cara, amoratada, con la mandíbula desencajada, los ojos entrecerrados por la hinchazón, el pómulo hundido, la ceja partida… Y eso de lo que se ve. Debajo de la ropa el cuerpo debe estar hecho un poema. Menos mal que la necrofilia no forma parte de uno de mis apetitos, porque no iba a ser un plato de gusto. Con lo bonita que eras, encanto, ¡y mira cómo te han dejado! Pero sólo imaginar que eso es lo que me hubiera ocurrido a mí…

A ver, un momento… ¡Vaya! ¡El cuello te baila hacia todos lados! ¡Pues si que hundieron profundamente el cuchillo en mi cogote! Me habrían cortado las vértebras con la estocada. Bien, ya tengo el collar, otra vez manchado de sangre. Tendré que limpiarlo bien antes de poder tentar a otra muchacha con su brillo, como hice contigo.

Pero sigo vivo y con unas cuantas monedas más en el bolsillo.

Eso es lo que importa.

Y bien, ¿qué opinas?

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