Un cable suelto

Un cable suelto
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—¿Qué hay, Biff?

Absorto como estaba, analizando los datos que aparecían en la pantalla de su portátil, no pudo menos que sorprenderse ante la inesperada visita.

—¿Max? —se giró en la silla, sin hacer intención de levantarse. Dejó la caja abierta de pizza que tenía en las rodillas sobre un solitario rincón libre de la atestada mesa—. No escuché la puerta. ¿Qué haces aquí?

—Más que nada, poner a prueba la paciencia de los técnicos de acceso de la instalación.

No dudó en hacerse con otra silla y sentarse junto a su antiguo compañero. Tras un momento de silencio, continuó.

—Y… supongo que la expectación estaba pudiendo conmigo. ¿Lo tienes?

Biff no contestó, sólo asintió levemente con la cabeza.

—¡Lo tienes! ¿Qué es? Es… Espera —Max entornó la mirada, inseguro—. ¿Los sistemas de monitorización y escucha…?

—Desconectados. ¿Tú te crees que soportaría estar metido en un sitio como éste y que encima me estuvieran vigilando como si fuese un criminal? No, chicos —apuntó pasando de una mano a otra unos pequeños filtros de fibra óptica—. Que trabaje con vosotros no significa que trabaje para vosotros.

—Pero terminarán por darse cuenta…

—¡Qué va! Estos inútiles son tan cuadriculados, con sus controles y protocolos, que no me ha costado nada aprender sus secuencias de revisión —explicó divertido—. Antes de cada inspección los vuelvo a colocar y ¡listo!

—Como siempre tan confiado. Ya veríamos si no tuvieras ese cerebro tuyo si te permitían que te tomases tantas libertades.

—Es posible. Pero el hecho es que esos estúpidos me necesitan más que yo a ellos —concluyó con suficiencia—. Así que pienso aprovecharme cuanto pueda.

—Está bien, Biff, pero vamos a lo que nos interesa. ¿Has conseguido descifrarlo?

—¿Acaso lo dudas?

—Lo dudaré hasta que me demuestres lo contrario —sentenció Maxwell.

—Entonces mira esto.

Biff pulsó unas cuantas teclas en su ordenador y en la pantalla comenzaron a aparecer líneas y líneas de código en un ciclo aparentemente sin fin.

—¿Qué demonios es todo eso?

—Eso mismo pensé yo en un principio. Pero cuando le fui pillando el truco, me fui dando cuenta de qué iba.

—¿Y? —preguntó Maxwell con insistencia.

—Bien. Si no me equivoco, creo que se trata de un monstruoso sistema de monitorización.

—¿Cómo que de monitorización? ¿Qué es lo que monitoriza?

—A nosotros —respondió, encogiéndose de hombros—. Bueno, es decir, no a nosotros concretamente, sino a todo el planeta. Resulta que no somos más que un enorme experimento.

—¿Cómo? —Maxwell no daba crédito a lo que estaba oyendo.

—Lo que te digo. La Tierra no es más que una gran probeta de ensayo, con un gigantesco ordenador supervisando y recogiendo todo cuanto ocurre en su interior.

—Debes estar de broma…

—Pues espera a escuchar esto —declaró Biff con ligereza—. El experimentó salió mal.

—Por favor, explícate.

—Según he podido imaginar, y ya es mucho decir, este ensayo debería haber concluido hace millones de años, antes de que los dinosaurios dominaran la Tierra. Por supuesto, mucho antes de la aparición del hombre.

»No deberíamos haber existido, Max —anunció, por primera vez advirtiéndose un tono de gravedad en su voz—. Ni nosotros ni ningún otro animal de nuestra historia. Sólo aquellos primeros protoseres debieran haber sido sometidos al estudio de aquellos que ingeniaron toda esta maquinaria.

—Me da pánico, pero creo que estás hablando en serio, Biff.

—Muy en serio.

—Entonces —Maxwell fue tirando del hilo de sus enmarañados pensamientos—, ¿por qué seguimos aquí?

—Porque algo falló.

—¿Y eso lo has averiguado mirando esas columnas de datos? —señaló con el dedo la pantalla del portátil, que aún no había dejado de mostrar ininteligibles líneas de código.

Biff giró la silla y por primera vez encaró a su amigo.

—¿Sabes en qué consiste el código binario?

—Pues… en que puede tener dos estados, uno o cero, encendido o apagado, pasa o no pasa corriente.

—Algo así —aceptó—. Y ya has visto de lo que son capaces nuestras maquinitas con tan sólo dos de esos estados que mencionas, ¿no?

—Ajá.

—Pues para que entiendas cómo va esto, piensa un momento en este ejemplo. Imagina que desde cero a cinco voltios es un estado. De cinco a diez otro distinto. De diez a quince otro. De veinte a veinticinco. De veinticinco a treinta…

—¿Y así hasta cuándo?

—¿Acaso hay un límite? —contestó con una sonrisa.

—Dios santo… —Max no salía de su asombro.

—No te preocupes, sí hay un límite. Como te decía antes, al contrario que en nuestras máquinas que interaccionan en un medio inorgánico, éste es orgánico. Y una membrana, por evolucionada que esté, no es capaz de soportar una corriente de intensidad infinita recorriendo sus tejidos sin ser destruida.

—¿Entonces cuál es el límite?

—No lo sé. Aún no he sido capaz de encontrarlo.

Maxwell resopló, superado por la magnitud de todo aquello.

—¿Y me dices que todo el sistema está programado así? ¿Cómo has podido entender algo?

—Bueno, no he dicho que todo el sistema esté programado de este modo —confesó Biff, echando mano a una de las pocas porciones de pizza que permanecían intactas—. Al parecer, existe una serie de terminadores encargados de llevar a cabo tareas más sencillas y rutinarias, que no precisan de un entorno tan complejo para cumplir con su función. Sólo utilizan cuatro estados.

Max lanzó un silbido.

—Siguen siendo números muy altos, Biff. ¿Cómo lo has hecho?

—¿Sabes la cantidad de potentes y caros ordenadores que hay en el mundo, en oficinas y hogares, con sistemas operativos desprotegidos ante intrusiones, que sólo se utilizan para escribir textos, correos y navegar por Internet? Es una verdadera pena que no se empleen para fines más elevados.

El asombro que expresó la cara de Maxwell alimentó el insaciable ego de su rebelde compañero.

—Sí, he programado un pequeño virus que me ha permitido interconectarlos a todos. Bueno, no a todos, pero sí a varios millones, y utilizarlos para desencriptar el lenguaje de estos terminadores.

—Estás loco.

—Gracias.

—¿Y aún así fueron suficientes?

—Ni de lejos.

—¿Entonces?

—Llámalo pericia, instinto, suerte o intuición femenina. Llámalo X. El caso es que lo he conseguido.

—Pues no sé a qué esperas para contármelo.

—Bien —Biff hizo una de sus dramáticas pausas, como siempre que se disponía a revelar algo importante—. Incluso mirándolo muy por encima resulta tremendamente complejo para mí, pero te lo explicaré de una forma más fácil de entender: ¿qué es lo primero que debe hacerse cuando das al botón de encendido de tu ordenador y éste no hace nada?

Max no necesitó pensárselo mucho.

—Pues comprobar que esté enchufado.

Al escuchar aquella esperada respuesta, Biff se tumbó en la silla y cruzó los brazos frente al pecho, esbozando una enigmática sonrisa cargada de presuntuosa superioridad.

—¡No! ¡No me irás a decir que este superavanzado sistema extraterrestre ha fallado por culpa de un cable suelto!

—Para que te fíes de la tecnología… aunque sea alienígena.

—Increíble…

—Ahora bien —interrumpió Biff, volviendo a enderezarse en la silla y reclamando la atención del otro—. Si estuviese en tu mano poder volver a cerrar el circuito, para que finalizase el experimento y purgar así la probeta contaminada de una vez por todas, antes de que el virus afectase a otros ecosistemas limpios y controlados, ¿tú qué harías?

En esta ocasión, Maxwell se lo pensó mejor y tardó más tiempo en contestar. Cuando lo hizo, su voz sonó grave, casi solemne, aunque apenas fue un susurro.

—Lo cerraría.

—Menos mal, creía que de verdad se había extinguido la vida inteligente en este planeta.

—¿Lo vas a hacer?

—Ya lo he hecho —afirmó sin más—, poco antes de que entraras por la puerta. Supongo que todavía quedarán unos cuantos minutos.

—Y mientras tanto…

—Coge un trozo de pizza. Aún está caliente.

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