Un Día de muerte

Un Día de muerte
4 (80%) 5 votos

—Y que no se te olvide coger la miel, ¿de acuerdo?

Julia le miraba con aquella desesperada intensidad que se apoderaba de sus ojos cada vez que salían en busca de víveres. Álex, por su parte, tendía a agazaparse y rehuir la mirada, asustado ante la posibilidad de ser descubiertos en cualquier momento.

CC. La Rotonda, entrada al supermercado Día.

Un tirón en la manga le hizo dar un respingo.

—La miel, ¿me has oído? —insistió ella, cogiéndole de la chaqueta.

Álex cabeceó de manera afirmativa en dos ocasiones, puesta ya su atención en el cumplimiento de su parte de la misión.

Otro súbito tirón volvió a sobresaltarlo, a la par que rompía su ya de por sí precaria concentración.

—Y el chocolate —añadió Julia—. Tampoco olvides el chocolate.

CC. La Rotonda, desde la entrada posterior.

—Que sí. El chocolate —repitió para que ella se quedase tranquila. Prefería no tener que hablar cuando se encontraban en zona peligrosa.

—Y la miel. Todo saldrá bien, ¿de acuerdo?

En ocasiones, a causa de esa insistente forma de ser suya, le entraban ganas de matarla. Pero unas cuantas palabras de ánimo, acompañadas de su clara sonrisa, bastaban para que de inmediato fueran perdonadas todas sus manías. La quería. Vaya si la quería. No podía haber escogido mejor compañera para sobrevivir a aquella pesadilla.

Él asintió y Julia no espero más para lanzarse a buscar su parte de los su-ministros. Álex reaccionó más despacio. Haría lo que tenía que hacer, pero le faltaba esa intrépida chispa con la que ella actuaba.

Párking CC. La Rotonda.

Atento a cualquier sonido que pudiera delatar siniestra compañía, caminó paso a paso hasta colarse en el Día.

Todo parecía en calma, razón de más para extremar precauciones. Pronto dejó atrás la zona de las cajas —abiertas, con el dinero a la vista, ¿pero a quién le importaba ya eso?— y se internó en los pasillos de estantes. Miraba dónde pisaba con extremo cuidado, sorteando los cristales rotos para no revelar su presencia. El ruido de la cremallera al abrirse le crispó los nervios, pero no tenía otra opción. Lamentó mucho haber tirado, años atrás, aquella mochila de saco, con cordón de cierre. Ya con la cremallera abierta, comenzó a llenar la bolsa con los artículos que Julia le había indicado.

CC. La Rotonda, entrada principal.

Al parecer, pocas semanas atrás ella había leído una curiosa noticia que hablaba de los alimentos que se podían consumir superada su fecha de caducidad. De los cereales iba a pasar, abultaban mucho, crujían y hacían demasiado ruido. Las especias, como el pimentón o la canela, tampoco resultaban muy nutritivas, así que se volcó en las latas de conserva y la pasta. No debía olvidarse del chocolate, preferiblemente puro, por su alto aporte calórico. Y, qué coño, porque estaba bueno. Y por supuesto la miel. Que no se le olvidase la miel.

Con el macuto lleno, procedió a ejecutar el agónico trance de cerrar la cremallera y se lo acomodó sobre los hombros. Alguna lata se le clavaba en la espalda, pero resultaba más una molestia que otra cosa. Podría vivir con ello.

Acceso al párking de CC. La Rotonda y McDonald’s.

Le tranquilizó ver a Julia esperándole agazapada en la salida. Tampoco ella parecía haber sufrido ningún incidente.

—¿Tienes la miel? —le susurró en cuanto llegó a su lado.

Álex asintió con un suspiro.

—Bien. Mantenemos el plan acordado. Sabemos que el centro comercial está vacío…

Así era, al menos así lo habían encontrado en su primera exploración. Con la mayoría de los locales a la espera de ser vendidos o alquilados, La Rotonda se había convertido en territorio fantasma tras la fuga de los cines al nuevo centro comercial, más grande y mejor situado; y con su Carrefour. Sólo sobre-vivían alguna tienda aislada, un par de restaurantes, el VIPS y el gimnasio. Por lo que no debía preocuparles la presencia de mucho público.

Parque de Sector Músicos.

—Si todo va bien —continuó Julia—, saldremos a la plaza y desde allí…

Había pronunciado las palabras malditas. Si todo va bien. Apenas habían escapado de sus labios, cuando la estridente explosión de un disparo rompió la quietud reinante. Un disparo al que poco después le siguieron un segundo. Y un tercero.

—¡En la plaza! —exhaló Álex conteniendo a duras penas la voz—. ¡Vienen de la plaza!

—¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Se nos van a echar encima!

Escaleras que bajan desde el parque a la Avenida de Colmenar Viejo.

La opción de regresar sobre sus pasos y atravesar la Plaza del Toro había quedado definitivamente descartada. Si bien encararse con un loco armado no entrañase de por sí suficiente riesgo, las detonaciones habrían despertado el interés de todos los plagados de los alrededores. Y lo que era peor —como pudo confirmar tras un rápido vistazo a las puertas de cristal que daban al aparcamiento—, también había alertado a los que pululaban en el exterior, ¡animándoles a entrar en el edificio hacia donde ellos se encontraban!

Cabeceó de un lado a otro buscando en vano otra posibilidad. La descubrió dentro del Día.

Avenida de Colmenar Viejo.

—¡Por la salida de emergencia! —señaló, tirando ya de Álex—. ¡Rápido!

De forma atropellada volvieron a cruzar la zona de las cajas y corrieron rumbo a los pasillos de su derecha. No quisieron echar ni un vistazo a la horda que comenzaba a congregarse atrás.

Aunque resistieron la primera tentativa, una oportuna arremetida bastó para que las puertas dejasen entrar la luz del sol. Enfrente vieron el McDonald’s… o lo que quedaba de él. Aquellos perniciosos vídeos que demostraban la espeluznante cantidad de tiempo que resistía una hamburguesa antes de empezar a pudrirse habían logrado un efecto mucho más devastador que lo que nunca hubiesen soñado sus detractores. Cuando se desencadenó la plaga, el pequeño establecimiento había pasado a ser el primer objetivo de los saqueadores, pronto abandonado en cuanto no albergó nada más comestible que pudieran llevarse.

Parque de Sector Oficios, desde Avenida de Colmenar Viejo.

Bordeando el muro de los antiguos cines, avivaron el paso al hallar la zona despejada. Antes de doblar la esquina se asomaron para comprobar el entorno. Al causante de los disparos no le había quedado otra alternativa que internarse en el centro comercial, pues en esa dirección se encaminaban la mayoría de los plagados. Todavía había alguno tambaleándose por la calle, pero lo que era la vía peatonal frente a La Coleta y el parque infantil se mostraban libres de peligro. Quizá fuese más seguro marchar por la calle del McDonald’s, en dirección a la salida norte de Tres Cantos, pero los alejaría demasiado de casa. Al menos así lo decidió Julia que, para espanto de su compañero, no dudó en atravesar la calle y alcanzar la esquina de la guardería. Álex no tardó en seguir sus pasos, sin dejar de mirar en todas direcciones.

Parque de Sector Oficios.

En el fondo sabían que habían sido muy afortunados. Al estallar el caos, los principales núcleos urbanos se habían convertido en los focos más importantes de propagación de la epidemia. En Tres Cantos, con una reducida densidad de población y rodeado por El Pardo, el efecto no había sido tan catastrófico. A fin de cuentas seguían vivos. Además había que sumarle la existencia de la base militar de El Goloso cortando el acceso desde Alcobendas y el sur, y la base logística de San Pedro, que bloqueaba la llegada de más infectados desde Colmenar Viejo y los pueblos de la Sierra Norte de Madrid.

Sector Oficios, soportales.

Eran muy afortunados… O deberían haberlo sido, de no ser por el súbito crecimiento de ese tumor maligno compuesto por viviendas que se había ex-tendido por la zona más septentrional de la ciudad. Un aumento de población que había agravado seriamente el problema.

Avanzaron pegados al cristal, sin quitar ojo de la ola que se arracimaba en el vestíbulo de entrada a La Rotonda. Por encima del rumor de los cuerpos corruptos rugió el sonido de otro disparo. Quienquiera que fuese el desgraciado, aún no había caído. Y debían aprovecharse de ello.

Julia le propinó un codazo a su compañero, que como era habitual ya había quedado absorto por la escena que se desarrollaba al otro lado de la calle, con esa mirada tan característica suya de desear ayudar. Ella negó con la cabeza y tiró de él hacia el parquecito infantil, apartándose del corredor que se abría justo antes del restaurante.

Esquina de Sector Oficios con Calle de los Panaderos.

No fue suficiente. En el interior, más víctimas de la plaga advirtieron sus movimientos y se abalanzaron contra el cristal. No suponían un peligro, atrapados como estaban; no así el estrépito que provocaban sus frenéticos golpes.

El ansioso repiqueteo contra el escaparate llamó la atención de un par de plagados que vagaban por la acera. Y no fueron los únicos en ser atraídos.

—¡Vamos! ¡Vamos!

Sortearon a la carrera las mesas de ping-pong y bajaron a la acera por la escalinata del extremo opuesto. Julia se zafó con destreza del infectado que había aparecido con las manos extendidas tras doblar la esquina y Álex aprovechó que mantenía la atención puesta en ella para apartarlo sin miramientos.

Esquina de Sector Oficios con Calle de los Panaderos.

Un gesto instintivo. Un hábito propio de todo urbanita: Julia giró la cabeza antes de cruzar la calle. Ningún coche amenazó con saltarse el paso de cebra y atropellarla. En primer lugar porque se trataba de Tres Cantos, uno de esos pocos reductos donde los conductores —al menos, la mayoría— respetaban los pasos de peatones; en segundo lugar, porque el tránsito resultaría imposible para vehículo alguno, a causa del agolpamiento de coches, furgones y autobuses que, reventados, se amontonaban en la vía.

Y entre ellos, hasta donde alcanzaba la vista, los plagados atestaban la Avenida de Colmenar con su malsana presencia.

—¡Puto Nuevo Tres Cantos!

Calle de los Panaderos.

Si no bastaba con los que les seguían desde La Rotonda, nuevos rostros desfigurados se giraron para observarles. El murmullo aumentó de intensidad y alertó a todos cuantos poblaban las proximidades.

—¡Por allí!

Parecía descabellado encerrarse en un espacio angosto, limitado por edificaciones, pero Álex no dudó y siguió a su decidida compañera al otro lado de la avenida, de nuevo escaleras abajo, hacia Oficios. El jardín a su derecha acogía a un puñado de plagados que pronto dejaron atrás. No así a su izquierda, más allá de los primeros edificios del sector. Sería una locura intentar pasar con tantos infectados al acecho. Siguieron al frente, muy atentos a los plagados que pudieran aparecer entre las columnas, tan próximas a los comercios.

Calle de los Panaderos.

Más adelante, las zonas ajardinadas a ambos lados de la calle parecían engañosamente tranquilas; la auténtica amenaza se arrastraba por la retaguardia. Marchar ahora por Encuartes no les acercaría a su objetivo. Julia tomó el rumbo contrario, bordeando por su parte alta la residencia de mayores.

Decían con sorna que el traje regional de Tres Cantos era el chándal. Ciudad volcada con el deporte, este cuidado por la salud había permitido a no pocos de sus habitantes —si no escapar de la epidemia—, al menos sí proporcionarles una oportunidad de continuar resistiendo los ataques de sus antiguos vecinos.

Escaleras a la plaza de Sector Oficios.

Julia no pertenecía a ese selecto grupo de semidioses dotados de una envidiable condición física. Sin embargo, se había preocupado por mantener con el paso de los años una rigurosa disciplina de ejercicios. No por apariencia o sentirse superior que nadie. Lo que ella pretendía era ser capaz. Ya no era tan joven y la idea de verse torpe, o impedida incluso, la aterraba. Así lo decía ella, capaz. Porque, y si un día…

Bien. Ese día había llegado y no había sorprendido a Julia con los deberes sin hacer.

Se acomodó las asas de la mochila y se dispuso a lanzarse a una alocada carrera entre aquellas figuras demacradas.

Un brusco tirón se lo impidió.

Plaza de Sector Oficios.

Al volverse descubrió a Álex, con rostro serio, que la sujetaba del abrigo.

Él era su contrapunto, prudente, precavido, pero también la voz de la razón para su temerario temperamento.

Negó con la cabeza e hizo un gesto de calma con las manos, ajeno a la hueste que seguía sus pasos. La potencia sin control no sirve de nada, recordó Julia que decía el anuncio, y que precipitarse sólo aumentaba las probabilidades de tropezar y decir adiós. Serenidad. Aquellas cosas eran tan lentas como torpes, no había necesidad de correr. Vigilar bien el entorno y sostener un paso vivo resultaba suficiente para mantener a los infectados a distancia.

Acceso a párking en Sector Oficios.

Zigzaguearon sin arrimarse a los coches aparcados, atentos a los movimientos de los plagados que se acercaban desde el frente. Avanzar en una dirección para que saliesen a tu encuentro; y, de inmediato, continuar adelante por el hueco que habían dejado libre. Ése era el truco, al menos mientras no fueran más que unos cuantos.

No obstante, cuando en un principio no habían sido más que un puñado, pronto se convirtieron en una peligrosa barrera de garras y mandíbulas a medida que, más y más, se les fueron uniendo desde el parque, a su derecha, y desde la Avenida del Parque. Tres Cantos se caracterizaba por sus espacios abiertos y grandes avenidas, pero tratar de sortear aquella pestilente marea subhumana sería un suicidio. No, sería incluso peor que morir.

Corredor desde la plaza de Sector Oficios a un párking.

—Tan cerca, estábamos ya tan cerca —rezongó ella en un susurro. Sin retirada posible, sólo quedaba una alternativa—. Por las escaleras.

A pesar de medir sus pasos, una joven infectada les cerró el paso. Julia consiguió escabullirse escaleras arriba, esperando ganarse su atención. Álex se ocuparía de apartarla, como siempre hacían.

Pero esta vez no sucedió así.

Párking en Sector Oficios, junto a Avenida del Parque.

Confiado en la seguridad que concede la sucesiva repetición de una misma maniobra, él se adelantó al movimiento y la agarró del abrigo para arrojarla a un lado. El tejido se rasgó entre sus dedos y la muchacha se giró hasta encararse con él. El gruñido que profirió sirvió para que Álex diera un involuntario paso atrás. Cuando la plagada se le echó encima, apenas tuvo tiempo de alzar los brazos para sujetarla por los hombros, con las mandíbulas descarnadas chasqueando a un palmo de su cara. Aterrado, contempló cómo aquellos ojos muertos desaparecieron bruscamente de su vista. Julia se había apresurado a acudir en su ayuda. No le concedió un suspiro, pues de inmediato tiró hasta ponerlo en pie y continuó tirando escaleras arriba. Ya en lo alto, Álex contempló una plaza atestada de infectados.

Avenida del Parque.

—Puto Nuevo Tres Cantos… —farfulló mientras era arrastrado hacia un estrecho paso escondido entre la peluquería y un centro de estética.

Bajaron una rampa y atravesaron el aparcamiento por la margen izquierda. Se asomaron a la avenida al amparo de una caravana y cruzaron acera y pavimento hasta el extremo opuesto. Presos del miedo, dejaron atrás toda apariencia de calma y treparon a la carrera la escalinata por la que se subía al restaurante chino.

Sector Literatos, vía peatonal.

Se hallaban cerca, muy cerca, pero tal proximidad no repercutió en su beneficio. La histeria se adueñó de sus sentidos. Brazos dotados de dedos engarfiados salían a su encuentro dispuestos a atraparlos. Balbuceos, gruñidos, chasquidos resonaban en todas direcciones. Apartaron rostros horrendos a su paso por Literatos. Saltaron por encima de los setos en busca de una vía libre y asaltaron el parque infantil antes de decidirse a abordar su último obstáculo. La valla del recinto resultaba ridículamente baja, pero les concedió el tiempo necesario para recobrar algo de aliento y localizar las llaves. La mirada de ambos se clavó en el portal cerrado; y en el oscuro corredor que se abría parejo al acceso del edificio.

Sector Literatos, parque infantil.

—¿Preparado? —jadeó Julia y él asintió. No esperaron a que los infectados cerrasen filas en torno a ellos.

¿De verdad no les separaban más de treinta pasos? Entretenido por un plagado que se había aferrado a su mochila, Julia fue la primera en llegar y de inmediato se puso a hurgar en la cerradura. Álex logró librarse de su indeseable pasajero al tiempo que otro se estrellaba contra el suelo desde uno de los pisos superiores. El cuerpo, reventado, no tardó en reptar hacia ellos.

—¡Deprisa, deprisa, deprisa! —la apremió Álex al escuchar los amenazantes roces que provenían del corredor.

Sector Literatos, portal y corredor.

—¡Sí, sí! —forcejeaba ella al borde del colapso—. ¡Ya!

Se arrojaron al interior del edificio y cerraron la puerta, evitando por apenas unos milímetros que una ulcerada extremidad se interpusiera y lo impidiera.

Ya a salvo, en el portal, se dejaron caer al suelo y buscaron consuelo cada uno en los brazos del otro.

De pronto, Álex se apartó.

—¿Qué sucede? ¿Qué? —gritó Julia.

Su compañero había enmudecido y comprobaba ansioso el desgarro que había sufrido su mochila.

—¿Te han herido? ¡Álex!

—L-lo siento —farfulló al fin, alzando los ojos—. He perdido la miel…

—Ssh, no te preocupes. Estamos en casa, ¿me oyes? — sollozó Julia. El ávido golpeteo contra el cristal acompañó sus palabras—. En casa.

Tres Cantos, ruta seguida por los héroes protagonistas de la historia.

Y bien, ¿qué opinas?

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.