Un gato en casa

Un gato en casa
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Hace un año adopté un gato.

Es la típica historia: chico joven y soltero, sin pareja y entregado a su trabajo, que encuentra cada día a su regreso la casa vacía y decide ponerle remedio por la vía más rápida y sencilla. Adoptando una mascota.

En realidad no estaba planeado. El sentimiento existía, pero no me había calado tan hondo como para plantearme el asunto con cierta urgencia. Ocurrió de forma inesperada.

Una llamada, de camino al trabajo, apenas advertida bajo el molesto traqueteo del tren. Al otro lado del teléfono un antiguo compañero, después de saludarme, me informaba que su gata acababa de parir una camada de cinco ratillas. A todos se los veía sanos, mimosos y juguetones, y sin contar al pequeñín con el que pensaba quedarse, todos habían encontrado un nuevo hogar. Salvo uno. Una gatita carey de ojazos verdes y oscuro pelaje esperaba encontrar alguien que la acogiera. En el peor de los casos él estaba dispuesto a quedársela. Lástima que su mujer —a quien no tenía el gusto de conocer— no pensase lo mismo.

De ahí que se hubiese acordado de mí, de las muchas conversaciones sobre gatos que habíamos compartido entre copa y copa tiempo atrás a la salida de la oficina.

No recuerdo por qué, qué me impulsó a hacerlo, pero dije que sí. No me arrepentí.

La pequeña, Tari, fue un encanto desde que llegó. Reconozco que me obligó a adecentar un poco la casa y que me forzó a recuperar una parte de mi más que olvidada disciplina. Sin ningún tipo de enfermedad o problema de salud que la aquejase, el día a día se convirtió en una senda de reconocimiento mutuo, en la cual cada uno debía aprender a respetar las peculiaridades del otro. Qué decir tiene que yo lo tuve mucho más fácil que ella.

Al principio todo te asusta. Corretea de un lado para otro sin orden ni concierto, salta y asalta todas tus estanterías, trepa hasta la televisión y juguetea con la tela de los altavoces del equipo de música. Y debes aceptar que, si le apetece, puede tener toda una vida nocturna a la que tú no perteneces; salvo cuando el campo de juego escogido lo forman tu propio colchón, las sábanas y la manta.

Sin embargo, no tardó en adaptarse a mi ritmo de vida.

Ahora cuando marcha a la cama se hace un ovillo a mis pies, buscando la postura idónea mientras yo leo, para dormir plácidamente en cuanto apago la luz. Pero lo más curioso es que satisface sus necesidades higiénicas justo antes de que suene el despertador. No sé cómo lo hará. Diez minutos antes de que la maldita bocina interrumpa mi sueño, Tari, con su natural elegancia, da un brinco desde la cama al suelo y acude al baño en su visita matutina a la arena. Luego vuelve a subirse de un salto a la altura de la almohada y, ronroneando, se frota contra mí para darme los buenos días.

La perfecta compañera de piso; nunca ocupa el aseo cuando tú lo necesitas con urgencia.

Pero algo ocurre esta noche.

Aún no ha amanecido. La luz mortecina de las farolas de la calle apenas alcanza a iluminar los contornos de mi dormitorio. Una débil penumbra me rodea. No me atrevo a moverme. Siento los músculos de las piernas rígidos, doloridos. La boca seca. Me pitan los oídos mientras una desagradable aprensión se ha adueñado de mi estómago de una forma tan brutal que no me permite ni vomitar.

Oigo a Tari. Está en el salón, encerrada. Ayer se portó mal y la castigué impidiéndola dormir conmigo. Está maullando como loca. Jamás escuché semejantes alaridos. Se está desgañitando hasta la extenuación.

Algo acaba de saltar a la cama, a mi espalda.

Y se está acercando.

Y bien, ¿qué opinas?